3 jul 2022

A BUEN ENTENDEDOR POCAS PALABRAS

A propósito de mis grandes deseos de viajar a Lima y cumplir con la invitación de mis primos "Guaraguaos" y "Chiquitines" o a quien le pueda interesar he recordado lo que sigue y para que se vayan preparando quiero compartirles: "Cuando ya era un muchacho grande mi madre me envió a Lima para pasar una temporada en casa de unas tías que eran bastante acomodadas. Previo al viaje las recomendaciones no faltaban y las más importantes eran que sea un muchacho respetuoso con todos, sencillo y principalmente que a la hora de las comidas dejara de ser pechugón y que comiera lo que me pusieran en la mesa. Me dijo que si me preguntasen por ejemplo qué presa de la gallina más me gustaba yo respondiese "la cabeza y el pescuezo"; y no la pechuga que era mi preferida, y que ellas ya sabrían agradarme con lo mejor. Así que desde la primera vez que me lo preguntaron y que yo de sonso les respondí tal como mi madre me lo había recomendado siempre que mataban gallina la tía decía: La cabeza y el pescuezo denle a Pablito que es lo que a él más le gusta. Y yo tuve que pasar una larga temporada con ellas aguantándome las ganas". Esto lo contó cuando yo era un niño, recuerdo, mi tío abuelo Pablo Ruesta Mastallier un día que justo habían matado gallina y él estaba de invitado al almuerzo. Mi abuelo, mi querido y grande Papá Kiko, sentado a la cabeza de la mesa le dice a mi madre: Tere, sírvele la pechuga a mi hermano que te acaba de mandar una indirecta bien directa. "Si, ya lo oí" dijo mi madre.

14 mar 2022

LA BURRA PIZPIRETA

DEDICADA AL SR. EGUDALDO ZEGARRA NONAJULCA, EN CHICLAYO

Es verdad Zegarrita que al mirar esos letreros por encima de la cama más parecen placas fúnebres que anticipan la partida de quienes aún no quieren irse. Letreros escritos con tu nombre, como apurados, uno más, dos más, las cantidades que sean, listos para ser reemplazados dejando las camas para otros que aferrándose a la vida entregan todo en manos de quienes curan.
Ojalá pudiésemos alguna vez reencontrarnos, no en ese mismo lugar que aunque sagrado ya no quisiera estar; en otras condiciones sí para seguir las charlas y termines de contarme tus andanzas allá por las sierras de Piura de la mano de tu hermanita que tan temprano se fue, o tú solo desde pequeño trabajando para seguir adelante aprendiendo, batallando y con tu salud completa sin nada molestando.
Claro que hicimos una buena amistad, cuatro o cinco días en el mismo cuarto fue suficiente para que en medio del dolor, la incomodidad y el peligro nos conociésemos; yo poniéndome en tu sufrimiento y tú en el mío y esperando la buena mano del médico y la respuesta del cielo para salir triunfantes.
Esta vez le sacamos la vuelta a la vida Zegarrita porque seguimos viviendo y porque la vida se nos pasa como si ella misma quisiera matarnos, y ella misma es la que algún día nos mata.
Orgullosa está Chiclayo de tantos edificios en donde con tu brazo experto en paletas, plomadas y palanas con ladrillos y cementos han sido levantados. Así sigue, con tu mente palaneando y esculpiendo ladrillos tras ladrillos que eso a ti te gusta, hasta el cansancio, para que de noche cuando llegues a tu casa los brazos de tu esposa, señora tan bonita y admirable, te reciban, sus manos te toquen y agarren las tuyas como en el hospital lo hacía cuando iba a visitarte.
Este cuento corto de un aficionado como yo lo dedico a tu amistad y al aprecio que llegué a tenerte. Espero Zegarrita, Dn. Egudaldo, que te encuentres ya recuperado, que te hayas sanado o estés sanando, como lo estoy yo, para alegría de los tuyos, eso espero. Lanzo una plegaria al Cielo a tu nombre Zegarrita, Dn. Zegarra, Zegarrita. Algún día nos encontramos.
Un abrazo.


Entre Chiclayo y Piura,

no sé si yendo pa’yá

o viniendo pa’cá, que,

siendo igualitas,

da lo mismo

vivía una burra pizpireta,

pituca de los Altos Montes,

que gustaba aparentar su encanto, elegancia y hermosura

dando vueltas en la Plaza

seguida de su fiel pareja.

Ella adelante y el burro atrás

deslumbrando al vecindario su belleza

exigiendo al cholo de su marido

acompañarle en su raro estilo.

 

Cierta tarde acostumbrada

en el lomo del arrebatado burro

unas moscas se posaron

a cavar su pellejo descosido

y la picazón enorme

obligó a pedirle

que le rasque con sus uñas

como había prometido;

pero ella no recordaba,

sólo las moscas le espantaba

con la rama de un overo

que sujetaba muy veleta,

en la punta de su jeta.

 Y las moscas injuriosas

lo atacaban con más fuerza

y el pobre piajeno

con su respiración atascada

limitaba su rebuzno

a una cara alargada

pa’ no hacer quedar mal

a su amada apitucada

quien con la mayor elegancia

sin soltar del hocico su ramita

golpeaba su espaldita

para espantar el mosquerío

que cada vez aumentaba

y la picazón... ¡Ay!

al burro no le pasaba.

 

Entre sus orejas el burro recordaba

troncos, palos y horquetas

de su libertad en los campos

en donde sin leyes impuestas

a su espalda rasqueteaba

cuándo y dónde su voluntad ordenaba.

¡Ahora entre moscas perecidas

que prefieren su espinazo,

ay, cómo lo hubiera cambiado

por un fuerte chicotazo!

y con sus ojos suplicando

¡chola linda!

¿qué te cuesta estar rascando

la espalda de tu marido

en vez de ir caminando?


Los milagros acontecen,

después de otra vuelta dar

la espalda del animal

rozó con un algarrobo

cuyo tronco le raspó

el espinazo rajado

y el burro se olvidó

de toda galantería

y con su espalda arremetió

justo donde él quería.

 

Las moscas al espantarse

no tenían dónde ir

buscando dónde posarse

el lomo de la burrita

que pretenciosa lucía

no dudaron invadir

pa’gujerear su cuero seco

que se esforzaba en lucir

y la picazón que no aguantaba

ya no pudo resistir.

Aguaitando a su marido

lo vio tirado en el suelo,

quien sin mejor consuelo

en un baño polvoriento

hacer las moscas huir.

 

Bien arriba del algarrobo

dos bandadas de choquecos

invisibles festejando

muy de fiesta alborotados

de la cazuela mirando

a la burra pizpireta

con sus patas hacia arriba

en otro hueco escarbando

entre ramas y horquetas

su espinazo está rascando,

exagerando, que hasta polvo levantaba,

a todo ojo cegando

y el burro aprovechando

se levantó desde el suelo

y a patadas invitando

hizo levantar la burra

que, al notar sus intenciones,

patitas pa’qué te quiero

como un rayo zumbando

y el burro atrás de ella

rienda suelta a sus instintos

le quitó la pituquería

montándola rebuznando.

 

 

Mario Marcelo Saldaña Ruesta

24 de julio 2020

 

9 mar 2022

MIS "PIESECITOS"


Me queman mis "piesecitos"

en medio "deste" arenal

el sol requete caliente

ni me deja caminar.

 

No traje ni mi camisa

ni tengo dónde pisar

la arena tan menudita

parece un espinar.

 

Me queman mis "piesecitos"

pa' cruzar este arenal

¿dónde está mi algarrobito

dónde estás algarrobal;

no ven que quiero cruzar

este ardiente pampanal

y que ni quiere el aguaterito

llevarme en su animal?

 

Los veo desde muy lejos

no llego a mi algarrobito

no llego al algarrobal

me queman mis "piesecitos"

no consigo ni caminar

y no traje ni mi camisa

pa' tener dónde pisar

y ni quiere el aguaterito

llevarme en su animal.

 

Alcanzo a mi algarrobito

alcanzo el algarrobal

qué rica que está la chicha

ya consigo descansar

y llega el aguaterito

arreando a su animal

y no me quiere llevar.

 

Preparo otra carrerita

diviso otro algarrobal

me queman mis "piesecitos"

a través del arenal

y no traje ni mi camisa

pa' tener dónde pisar

y ni quiere el aguaterito

llevarme en su animal.

 

Me queman mis "piesecitos"

pa' cruzar este arenal

¿dónde está mi algarrobito?

¿dónde estás algarrobal?

 

Plantados dentro de mi pecho

sombreando este arenal

ha "quedao" mi algarrobito

ha "quedao" mi algarrobal

adornando muy contentos

este bello transitar.

 

Ya no queman mis "piesecitos"

ni nunca más van a quemar.

 

  

Mario Marcelo Saldaña Ruesta



9 oct 2012

TIA CHEPITA

Allí dentro te esperaban,
esperaban que les cures,
esperaban y anhelaban tu llegada,
siempre tu llegada.

Que les cures,
esperaban tu llegada,
te querían y estimaban,
que les cures te pedían,
no tenían,
les curabas.

No recuerdo haberte contado qué pasó, cuando llegué al hotel qué pasó. ¿Recuerdas la camisa, toda rota y manchada con sangre de mi herida? Traté de pasar rápido y ocultando ese lado de mi cuerpo delante de ella que estaba planchando ropa en el patio del hotel. Me dijo, tuve una corazonada. ¿Hijo, qué te ha pasado? tu camisa está rota y manchada con sangre, dime ¿qué ha pasado, qué pasó? Nada, no es nada, má, le respondí. Mas, ante su insistencia, le conté todo, o casi todo; que no pude sostenerme en el muro, que la puerta vieja arrecostada en la pared no la pude alcanzar, que me quedé colgado y que me cansé, que me solté y que me caí; que la astilla de madera era grande y que sobresalía del borde de esa puerta y que mi barriga pasó raspando. Que el corte fue grande, que los puntos de sangre en el tejido grasoso los vi como un collar de perlas rojas que poco a poco afloraban y se agrandaban y que me quedé asustado, tan asustado que ni lloré; sólo grité. A pesar de mis gritos fuertes no me escucharon al otro lado de la pared en la casa vecina donde estaban los muchachos desgranando mazorcas de maíz. Y yo de sonzo que obedecí, que mis dedos me duelen, que los choclos están secos y duros, que anda trae un cuchillo de la casa de mi mamá. Y que yo fui, por no darme la vuelta por la puerta de la calle me encaramé al muro, por una peseta que ni me pagaron yo fui.
Subido al muro olvidé el encargo del cuchillo observando absorto los nidos de las zoñas y chilalos en las ramas altas de los algarrobos que había en tu corral. Observaba también por encima del techo de tejas del horno de barro donde para mí era muy difícil llegar la casa del "Boca Amarrada" que siempre me inspiró más que miedo respeto. Imaginaba el paraíso y esa fue la causa, pensé volar, ser más ágil y más liviano que los pájaros o trepar y bajar paredes como lagartija hasta darme cuenta que estaba colgado del borde del muro y que mis pies no alcanzaban la puerta y que mis manos arañaban desesperadamente el borde de la pared. No era un pájaro ni una lagartija me di cuenta; estaba colgado sin saber ni cómo subir ni cómo bajar, colgado hasta el cansancio.
Luego de caer pasé tirado en el suelo algo de tiempo que me pareció una eternidad, levantando la cabeza te vi, a gritos te llamé y corriendo me levantaste del suelo sacudiendo mi cuerpo empolvado; felizmente estabas tú que me escuchaste. Tranquilo, no te asustes muchacho macho, no vayas a llorar. No son las tripas que se salen me dijiste, es sangre.
Con un limón me curaste, me ardió más que esa vez del perro que me mordió, ¿recuerdas esa vez del perro cuando fuimos allá cerca del cerro?, tú y tu limón que me frotaste. Siempre llevabas uno, para el vértigo decías. Esa vez también al llegar a casa allá en el hotel traté de ocultar la cojera de mi pierna y ella, lo que siempre me decía, tuve una corazonada, ¿qué ha pasado? Le conté todo, que había estado contigo por el cerro, que el perro nos ladró, que era grande, que a pesar de la pedrada en el hocico agarró mi pierna y me mordió.
Disfrutaba acompañarte, cada vez que lo pedías me encantaba acompañarte. Que vamos, pobrecita, está enferma, que me han buscado para ahora en la noche, a las ocho. A las ocho está oscuro y me da miedo tía. Por eso vamos, acompáñame que da miedo, me decías. Y yo iba.
Las hojas grandes de algunas plantas en los corrales de las casas en la penumbra proyectaban a la calle unas sombras fantasmales que me empujaban hacia ti; no te asustes, son las hojas de los arboles, no te asustes, muchacho macho, no te asustes, me decías. No dejaba de temblar, pero allá yo iba, es que me encantaba acompañarte. Y los perros, en cada puerta que llamabas ya llegué, nos ladraban y salían al encuentro. Piedras no faltaban, no les tires sus dueños me decían, que no muerden, son mansitos y no muerden; que no muerden...
¿Recuerdas esa vez cuando el niño al verme de camisa blanca corrió para dentro de su casa pensando que yo era doctor, se metió debajo de su cama, y nosotros reímos hasta no parar?
Con qué avidez devorabas cuántas Steffanias o cualquier otra revista pasase frente a tus ojos, con qué facilidad lograbas arreglar con gotas de cera de una vela el diente roto de tu puente de oro que embellecía aún más tu sonrisa; no olvido tus natillas, manjares blancos y cocadas que cuando hacías, de recompensa, me empanzabas con ellos.
¿Dónde habrá quedado tu caja metálica donde hervías tus jeringas salvavidas para tanta gente pobre que no tenía a dónde más acudir? ¿Y tus jeringas y agujas que con tanto cuidado limabas su punta, limpiabas y hervías? ¿Qué calle de Chulucanas no recuerda tus menudos y veloces pasos? ¿En qué plegaria no habrán lanzado tu nombre al cielo, si allí dentro de sus casas, rosario en mano, postradas, te esperaban?
Me encantaba acompañarte, a donde sea que pedías, no dudaba acompañarte. Me encantaba que las sombras fantasmales de algunas plantas proyectadas en las calles me empujasen hacia ti; lo sabía, eran de las hojas de los arboles en los corrales de las casas en donde gente pobre esperaba la ampolleta que les cure, esperaban y anhelaban tu llegada, siempre tu llegada; esperaban tu llegada, te querían y estimaban, que les cures te pedían, no tenían, les curabas.
Y ella, mi madre, en mi casa en el hotel me decía, es mi hermana, soy yo misma, acompáñala.
Hoy las sombras fantasmales de recuerdos no me empujan, voy a ellas.
CON AMOR A MI TÍA Chepita, JOSEFA RUESTA ARÁMBULO

7 abr 2012

MALA RABIA

Tengo en la memoria haber escuchado la historia del orígen del plato y de su nombre "MALA RABIA". Como siempre cada quien intenta apropiarse de lo bueno y cada quien lo cuenta como que se originó en su propia tierra. Yo digo y aseguro que fue por un lugar del interior de Piura, Perú; especificamente por algun lado de la provincia de Morropón y aún más especificamente por los caminos antiguos de Chulucanas. Pues bien, en un lugar del camino de pase obligatorio de cualquier viajante vivía una pareja de la que el marido gustaba invitar a pernoctar y alimentarse a quien quiera que pasase por allí, y "gratis". Para esto mandaba a la mujer preparar la comida. Seguro en esos tiempos era de "vacas gordas",o mejor dicho de "cabras gordas" y no había problema, las chacras daban, las crías se multiplicaban y siempre había. PERO como todo tiene su espejo las "cabras gordas" tuvieron también "cabras flacas" y los alimentos escasearon. De todas maneras el hombre no se importaba y asi mismo mandaba a la mujer preparar con lo que había.
Estando asi llegaron algunos viajantes y no había casi nada. El hombre dio la órden conocida y la mujer muy molesta no sabía qué hacer. Estaba echando chispas de "cólera", puso la mano en lo único que había en la alacena: solo unos cuantos plátanos amarillos (de esos grandes y gordos que llamamos plátanos para sancochar), un poco de queso mantecoso, unas cuantas cebollas, pescado seco salado (seguramente caballa). Cocinó los plátanos y luego los magulló juntamente con el queso, fritó (¿asi se dice?, por aqui se dice "frió"; que hablen los expertos) las cebollas en manteca, quizás todo lo que había como aliños, pimienta, un poquito de sal y luego de remojar y lavar la caballa seca para quitarle la salmuera la despulpó en hilachas y mescló con todo lo anterior. Bien caliente y al plato, mejor dicho a la barriga. Los viajeros gustaron tanto que cuando siempre que retornaban y pasaban de visita por esa casa le decían a la señora: "Señora prepárese ese plato como cuando usted estaba de mala rabia con nosotros". ¿Será verdad? claro que fue verdad, en Piura nunca mienten, "por mi chivito lindo". Y verdad también es que es delicioso. Una mescla de sal con el dulce del plátano que no se explica. El queso, la caballa, la cebolla; ya no, ya. Y es piurano por excelencia. Vivo lejos de mi tierra y de vez en cuando experimento y la preparo, es deliciosa. No se cocinar, imaginen cómo queda cuando alguien que sabe la prepara. Nació de un colerón, la mujer estaba molesta y fastidiada porque no había; ahora cuando se la prepara todos están contentos y nadie tiene rabia, a no ser a quien le sirven poco, y todo es fiesta. Mejor aún que siendo un plato tan simple y barato en SEMANA SANTA supera y es preferido que cualquier plato fino y caro del mundo POR POBRES… Y RICOS también. ¡Para meditar! AMÉM…doim!

25 oct 2011

SOLEDAD

Soledad es agua de un río
sin piedras que lleven
la voz de su canto
a otras orillas

Es el volar de un pajarito,
buscando su nido,
sin dónde posar,
llevando en su pico
la agria esperanza de nada

Es el mirar de un niño
con llanto en sus ojos,
vacías sus manos,
queriendo reir,
queriendo saltar,
gimiendo por dentro
la ausencia de amor

Es el buscar del viento
las hojas de un árbol
que cae
herido por fuego
del hombre que labra la tierra
sufriendo,
creyendo,
luchando,
bebiendo la savia del suelo
mezclada al sudor de su cuerpo

Es la gaviota perdida
en el océano inmenso
de un sueño 
sin final
que apura la hora de despertar

Es el grito suplicante y desgarrado
lanzado al cielo por una madre
ante el cuerpo inerte
del hijo amado que no responde

Es el buscar sin encontrar;
es el llorar sin merecer;
es el cantar sin sonreír;
es el amar sin cosechar;
es el morir sin percibir;
es el final, sin existir.
Escrita por Mario M Saldaña Ruesta

20 ago 2011

LA CULEBRA MALVADA




EN LA SELVA DEL PERÚ vivía una culebra hermosa y colorida, de las que no tienen veneno, que se deleitaba en asustar malvadamente a los animales silvestres mostrándoles sus dientes y dando mordidas rabiosas al vacío sacando y metiendo coléricamente su lengua en son de amenaza.

Su mayor anhelo era hacer el mal y se lamentaba por no poseer veneno como las otras para morder y matar y así satisfacer sus malvados deseos.
Cierta vez otra culebra, de aquellas venenosas, se acercó a un arroyo para calmar su sed. Antes de hacerlo depositó cuidadosamente el veneno de sus colmillos sobre una piedra lisa y limpia como tienen por costumbre las víboras en esta amazonía, que dicho sea de paso es el único lugar del mundo donde hacen esto para no beber accidentalmente junto con el agua el poderoso veneno, dicen, lo que acabaría de inmediato con sus vidas.
La culebra no venenosa pasaba por allí, y viéndola, se alegró tanto al saber que había llegado el momento más esperado en su vida. Se acercó cuidadosamente por las espaldas de la venenosa y dio un susto tan grande en ella que, despavorida, se sumergió en la corriente del arroyo olvidando su mortal veneno encima de la piedra.
¡¡HASTA QUE AL FIN; LO QUE QUERÍA!!...
Apoderándose del veneno ajeno lo colocó en sus colmillos y para entrenar, antes de su primera víctima, daba bocanadas al aire tan fuertes, iracundas y descontroladas que, por descuido, acabó mordiendo su propia lengua. El efecto mortal del veneno fue violento y agonizando la malvada apenas consiguió decir con su lengua hinchada y balbuceando:
¡Desdichada de mí! ¡Pudiendo hacer el bien con lo poco que tengo... y ser feliz!
La muerte no le concedió más tiempo para concluir su meditación.

Me lo contó un gavilán que la observaba y que se la comió; menos la cabeza.
¡Palabra de ley!


Mario Marcelo Saldaña Ruesta