4 jun 2026
CUANDO CURRUÑAÑA FALLÓ UN TIRO DE CARABINA
La última vez que me encontré en persona con mi amigo y contemporáneo Curruñaña fue hace unos 50 años yendo por la Callao al doblar en el Callejón de La Ñije en Chulucanas. Él llevaba en una mano un atado de pericos que había cazado y en la otra una avancarga rota y arreglada a la fuerza. Nos saludamos como grandes amigos por el aprecio mutuo que nos teníamos desde niños.
Hace unos pocos años, creo que 5, lo vi nuevamente. Él con sus años pasados como los míos, sentado en la tierra, al fondo una chacra, en sus manos su infaltable escopeta y vestido con una ropa de comando. Fue en una foto publicada en una red social anunciando que había muerto.
Sentí mucha pena por enterarme y junto a esa pena vinieron muchos recuerdos de esa tierra hermosa prestada y uno de ellos fue cuando Curruñaña falló un tiro de carabina, quizás el único que falló en su vida.
Fallar un tiro no llamaría la atención salvo de Curruñaña que nunca fallaba; donde él ponía el ojo ponía la bala. Y no sólo bala porque podía ser una piedra lanzada con la mano a cualquier distancia, con un tirador de ligas de jebe o con lo que sea.
Nunca falló hasta aquella vez en una tómbola, en un puesto de tiro al blanco instalado en el Pasaje ubicado al lado de la catedral, y justo como si fuese un homenaje, justito, en el mismo lugar donde está ubicada ahora la imagen del Papa Juan Pablo II.
Ese puesto era atendido por un señor de edad, bastante calvo, que, al igual que otros que conocían la puntería de Curruñaña, se negaba a alquilarle las carabinas por temor a salir con pérdidas con los premios.
Curruñaña me pidió que yo alquile los tres tiros de siempre y sin que el señor se dé cuenta le pase la carabina de plumillas para tirar.
Con el primer tiro se tabulaba el desvío de la plumilla porque esas miras estaban dobladas y desalineadas a propósito para perder, y con ese cálculo después ya era imposible fallar.
Este señor tenía por costumbre agacharse parapetándose tras unas tablas; y luego, al ver que Curruñaña iba a disparar, se levantó apresuradamente queriendo bloquearlo con su brazo extendido hacia adelante en el momento preciso, como si estuviese coordinado, que Curruñaña hacía el disparo.
La plumilla en esas circunstancias la vi salir como en cámara lenta impactándole en la cara al pobre señor, quedando clavada en el hueso por debajo del ojo izquierdo. Sólo se veían en su piel las plumitas azules.
Los gritos de dolor del pobre hombre no dejaban entender lo que decía la multitud en su alboroto. La gente corriendo sin saber qué hacer y Curruñaña saltando lleno de nervios como danzando y golpeando sus manos una a otra como aplaudiendo por debajo de sus verijas.
Una vez que llevaron al herido a la bendita posta médica en la entrada de la ciudad “a 200 Km de distancia en esos tiempos” Curruñaña se tranquilizó, y yo también. Le dije todo inocentón, fallaste el tiro Curruñaña. Sí, respondió, mejor, porque si apuntaba bien le daba en el ojo. Y, ahora sí, todos riendo, hasta Curruñaña saltando muerto de risa y aplaudiendo con sus manos por debajo de sus verijas continuamos con nuestras travesuras de muchachos.
Chulucanas, tierra prestada, te llevo en mi corazón.
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