9 oct 2012

TIA CHEPITA

Allí dentro te esperaban,
esperaban que les cures,
esperaban y anhelaban tu llegada,
siempre tu llegada.

Que les cures,
esperaban tu llegada,
te querían y estimaban,
que les cures te pedían,
no tenían,
les curabas.

No recuerdo haberte contado qué pasó, cuando llegué al hotel qué pasó. ¿Recuerdas la camisa, toda rota y manchada con sangre de mi herida? Traté de pasar rápido y ocultando ese lado de mi cuerpo delante de ella que estaba planchando ropa en el patio del hotel. Me dijo, tuve una corazonada. ¿Hijo, qué te ha pasado? tu camisa está rota y manchada con sangre, dime ¿qué ha pasado, qué pasó? Nada, no es nada, má, le respondí. Mas, ante su insistencia, le conté todo, o casi todo; que no pude sostenerme en el muro, que la puerta vieja arrecostada en la pared no la pude alcanzar, que me quedé colgado y que me cansé, que me solté y que me caí; que la astilla de madera era grande y que sobresalía del borde de esa puerta y que mi barriga pasó raspando. Que el corte fue grande, que los puntos de sangre en el tejido grasoso los vi como un collar de perlas rojas que poco a poco afloraban y se agrandaban y que me quedé asustado, tan asustado que ni lloré; sólo grité. A pesar de mis gritos fuertes no me escucharon al otro lado de la pared en la casa vecina donde estaban los muchachos desgranando mazorcas de maíz. Y yo de sonzo que obedecí, que mis dedos me duelen, que los choclos están secos y duros, que anda trae un cuchillo de la casa de mi mamá. Y que yo fui, por no darme la vuelta por la puerta de la calle me encaramé al muro, por una peseta que ni me pagaron yo fui.
Subido al muro olvidé el encargo del cuchillo observando absorto los nidos de las zoñas y chilalos en las ramas altas de los algarrobos que había en tu corral. Observaba también por encima del techo de tejas del horno de barro donde para mí era muy difícil llegar la casa del "Boca Amarrada" que siempre me inspiró más que miedo respeto. Imaginaba el paraíso y esa fue la causa, pensé volar, ser más ágil y más liviano que los pájaros o trepar y bajar paredes como lagartija hasta darme cuenta que estaba colgado del borde del muro y que mis pies no alcanzaban la puerta y que mis manos arañaban desesperadamente el borde de la pared. No era un pájaro ni una lagartija me di cuenta; estaba colgado sin saber ni cómo subir ni cómo bajar, colgado hasta el cansancio.
Luego de caer pasé tirado en el suelo algo de tiempo que me pareció una eternidad, levantando la cabeza te vi, a gritos te llamé y corriendo me levantaste del suelo sacudiendo mi cuerpo empolvado; felizmente estabas tú que me escuchaste. Tranquilo, no te asustes muchacho macho, no vayas a llorar. No son las tripas que se salen me dijiste, es sangre.
Con un limón me curaste, me ardió más que esa vez del perro que me mordió, ¿recuerdas esa vez del perro cuando fuimos allá cerca del cerro?, tú y tu limón que me frotaste. Siempre llevabas uno, para el vértigo decías. Esa vez también al llegar a casa allá en el hotel traté de ocultar la cojera de mi pierna y ella, lo que siempre me decía, tuve una corazonada, ¿qué ha pasado? Le conté todo, que había estado contigo por el cerro, que el perro nos ladró, que era grande, que a pesar de la pedrada en el hocico agarró mi pierna y me mordió.
Disfrutaba acompañarte, cada vez que lo pedías me encantaba acompañarte. Que vamos, pobrecita, está enferma, que me han buscado para ahora en la noche, a las ocho. A las ocho está oscuro y me da miedo tía. Por eso vamos, acompáñame que da miedo, me decías. Y yo iba.
Las hojas grandes de algunas plantas en los corrales de las casas en la penumbra proyectaban a la calle unas sombras fantasmales que me empujaban hacia ti; no te asustes, son las hojas de los arboles, no te asustes, muchacho macho, no te asustes, me decías. No dejaba de temblar, pero allá yo iba, es que me encantaba acompañarte. Y los perros, en cada puerta que llamabas ya llegué, nos ladraban y salían al encuentro. Piedras no faltaban, no les tires sus dueños me decían, que no muerden, son mansitos y no muerden; que no muerden...
¿Recuerdas esa vez cuando el niño al verme de camisa blanca corrió para dentro de su casa pensando que yo era doctor, se metió debajo de su cama, y nosotros reímos hasta no parar?
Con qué avidez devorabas cuántas Steffanias o cualquier otra revista pasase frente a tus ojos, con qué facilidad lograbas arreglar con gotas de cera de una vela el diente roto de tu puente de oro que embellecía aún más tu sonrisa; no olvido tus natillas, manjares blancos y cocadas que cuando hacías, de recompensa, me empanzabas con ellos.
¿Dónde habrá quedado tu caja metálica donde hervías tus jeringas salvavidas para tanta gente pobre que no tenía a dónde más acudir? ¿Y tus jeringas y agujas que con tanto cuidado limabas su punta, limpiabas y hervías? ¿Qué calle de Chulucanas no recuerda tus menudos y veloces pasos? ¿En qué plegaria no habrán lanzado tu nombre al cielo, si allí dentro de sus casas, rosario en mano, postradas, te esperaban?
Me encantaba acompañarte, a donde sea que pedías, no dudaba acompañarte. Me encantaba que las sombras fantasmales de algunas plantas proyectadas en las calles me empujasen hacia ti; lo sabía, eran de las hojas de los arboles en los corrales de las casas en donde gente pobre esperaba la ampolleta que les cure, esperaban y anhelaban tu llegada, siempre tu llegada; esperaban tu llegada, te querían y estimaban, que les cures te pedían, no tenían, les curabas.
Y ella, mi madre, en mi casa en el hotel me decía, es mi hermana, soy yo misma, acompáñala.
Hoy las sombras fantasmales de recuerdos no me empujan, voy a ellas.
CON AMOR A MI TÍA Chepita, JOSEFA RUESTA ARÁMBULO

7 abr 2012

MALA RABIA

Tengo en la memoria haber escuchado la historia del orígen del plato y de su nombre "MALA RABIA". Como siempre cada quien intenta apropiarse de lo bueno y cada quien lo cuenta como que se originó en su propia tierra. Yo digo y aseguro que fue por un lugar del interior de Piura, Perú; especificamente por algun lado de la provincia de Morropón y aún más especificamente por los caminos antiguos de Chulucanas. Pues bien, en un lugar del camino de pase obligatorio de cualquier viajante vivía una pareja de la que el marido gustaba invitar a pernoctar y alimentarse a quien quiera que pasase por allí, y "gratis". Para esto mandaba a la mujer preparar la comida. Seguro en esos tiempos era de "vacas gordas",o mejor dicho de "cabras gordas" y no había problema, las chacras daban, las crías se multiplicaban y siempre había. PERO como todo tiene su espejo las "cabras gordas" tuvieron también "cabras flacas" y los alimentos escasearon. De todas maneras el hombre no se importaba y asi mismo mandaba a la mujer preparar con lo que había.
Estando asi llegaron algunos viajantes y no había casi nada. El hombre dio la órden conocida y la mujer muy molesta no sabía qué hacer. Estaba echando chispas de "cólera", puso la mano en lo único que había en la alacena: solo unos cuantos plátanos amarillos (de esos grandes y gordos que llamamos plátanos para sancochar), un poco de queso mantecoso, unas cuantas cebollas, pescado seco salado (seguramente caballa). Cocinó los plátanos y luego los magulló juntamente con el queso, fritó (¿asi se dice?, por aqui se dice "frió"; que hablen los expertos) las cebollas en manteca, quizás todo lo que había como aliños, pimienta, un poquito de sal y luego de remojar y lavar la caballa seca para quitarle la salmuera la despulpó en hilachas y mescló con todo lo anterior. Bien caliente y al plato, mejor dicho a la barriga. Los viajeros gustaron tanto que cuando siempre que retornaban y pasaban de visita por esa casa le decían a la señora: "Señora prepárese ese plato como cuando usted estaba de mala rabia con nosotros". ¿Será verdad? claro que fue verdad, en Piura nunca mienten, "por mi chivito lindo". Y verdad también es que es delicioso. Una mescla de sal con el dulce del plátano que no se explica. El queso, la caballa, la cebolla; ya no, ya. Y es piurano por excelencia. Vivo lejos de mi tierra y de vez en cuando experimento y la preparo, es deliciosa. No se cocinar, imaginen cómo queda cuando alguien que sabe la prepara. Nació de un colerón, la mujer estaba molesta y fastidiada porque no había; ahora cuando se la prepara todos están contentos y nadie tiene rabia, a no ser a quien le sirven poco, y todo es fiesta. Mejor aún que siendo un plato tan simple y barato en SEMANA SANTA supera y es preferido que cualquier plato fino y caro del mundo POR POBRES… Y RICOS también. ¡Para meditar! AMÉM…doim!

25 oct 2011

SOLEDAD

Soledad es agua de un río
sin piedras que lleven
la voz de su canto
a otras orillas

Es el volar de un pajarito,
buscando su nido,
sin dónde posar,
llevando en su pico
la agria esperanza de nada

Es el mirar de un niño
con llanto en sus ojos,
vacías sus manos,
queriendo reir,
queriendo saltar,
gimiendo por dentro
la ausencia de amor

Es el buscar del viento
las hojas de un árbol
que cae
herido por fuego
del hombre que labra la tierra
sufriendo,
creyendo,
luchando,
bebiendo la savia del suelo
mezclada al sudor de su cuerpo

Es la gaviota perdida
en el océano inmenso
de un sueño 
sin final
que apura la hora de despertar

Es el grito suplicante y desgarrado
lanzado al cielo por una madre
ante el cuerpo inerte
del hijo amado que no responde

Es el buscar sin encontrar;
es el llorar sin merecer;
es el cantar sin sonreír;
es el amar sin cosechar;
es el morir sin percibir;
es el final, sin existir.
Escrita por Mario M Saldaña Ruesta

20 ago 2011

LA CULEBRA MALVADA




EN LA SELVA DEL PERÚ vivía una culebra hermosa y colorida, de las que no tienen veneno, que se deleitaba en asustar malvadamente a los animales silvestres mostrándoles sus dientes y dando mordidas rabiosas al vacío sacando y metiendo coléricamente su lengua en son de amenaza.

Su mayor anhelo era hacer el mal y se lamentaba por no poseer veneno como las otras para morder y matar y así satisfacer sus malvados deseos.
Cierta vez otra culebra, de aquellas venenosas, se acercó a un arroyo para calmar su sed. Antes de hacerlo depositó cuidadosamente el veneno de sus colmillos sobre una piedra lisa y limpia como tienen por costumbre las víboras en esta amazonía, que dicho sea de paso es el único lugar del mundo donde hacen esto para no beber accidentalmente junto con el agua el poderoso veneno, dicen, lo que acabaría de inmediato con sus vidas.
La culebra no venenosa pasaba por allí, y viéndola, se alegró tanto al saber que había llegado el momento más esperado en su vida. Se acercó cuidadosamente por las espaldas de la venenosa y dio un susto tan grande en ella que, despavorida, se sumergió en la corriente del arroyo olvidando su mortal veneno encima de la piedra.
¡¡HASTA QUE AL FIN; LO QUE QUERÍA!!...
Apoderándose del veneno ajeno lo colocó en sus colmillos y para entrenar, antes de su primera víctima, daba bocanadas al aire tan fuertes, iracundas y descontroladas que, por descuido, acabó mordiendo su propia lengua. El efecto mortal del veneno fue violento y agonizando la malvada apenas consiguió decir con su lengua hinchada y balbuceando:
¡Desdichada de mí! ¡Pudiendo hacer el bien con lo poco que tengo... y ser feliz!
La muerte no le concedió más tiempo para concluir su meditación.

Me lo contó un gavilán que la observaba y que se la comió; menos la cabeza.
¡Palabra de ley!


Mario Marcelo Saldaña Ruesta

12 ago 2011

¿Cochito Cochito, ni más te hablo?


"Paz es aquella dulce sensación
en medio de la guerra
contra el odio y el desamor"

(MMSR)

Recién llegado a la ciudad de Cuenca en el Ecuador allá por los años mil novecientos y tiractictac los estudiantes extranjeros que habíamos ingresado a la Universidad de Cuenca fuimos citados a censarnos o registrarnos en un cuartel del ejército por orden o disposición de un coronel médico de dicha institución. Fui y me hicieron esperar en la puerta. De adentro, un soldado, muchacho todavía, por entre las barandas dandome una moneda de un Sucre me dice: "Pana ("pata", "amigo"), por favor cómpreme una lata de pan, al frente en esa tienda". Crucé la calle y en la tienda pedí a la señora que me venda una lata de pan. Me entregó cinco o seis panes envueltos en papel de despacho. "Señora, ¿y la lata?". Es una lata, me dijo. "Esto es un papel, no una lata". Es una lata de pan "peruanito", aqui en Ecuador al Sucre se le dice "lata". El "peruanito" fue dirigido con un tono medio cachaciento, pero de buenas maneras y sonriendo. Entregué el paquete, el soldado lo abrió, me dio un pan que lo comí y me agradeció, yo también. Al rato apareció el médico coronel preguntando dónde están los estudiantes extranjeros. Yo era el único "mona" (no sé si pedir disculpas a mis amigos ecuatorianos costeños, pero "mona" en Talara donde yo vivía se dice sin importar el género a los obedientes, adulones, cumplidos en sus compromisos, responsables, a quienes hacen las tareas escolares al día y encima las presentan, mejor dicho "yo"), no había nadie más que este humilde servidor.
Me hizo entrar a una sala, conversamos, me preguntó quién era, de mis padres, mi familia, el por qué de los estudios en el Ecuador y no en el Perú y otras cosas. Le dije que estaba preocupado, un poco asustado y ansioso por saber cuál era el motivo de habernos convocado. Sólo quería conocerles y pedirles que se porten bien; pensé que iba a conocer a muchos futuros profesionales y médicos más aún; pero está solamente un futuro odontólogo y valió la pena, me dijo. Cualquier problema que tengas búscame y avísame, aquí estoy y pórtate bien. 
Durante los años de mi estadía algunas veces nos cruzamos en la calle y me saludaba como todos mis amigos: ¿Qué fue, "perucho"?
Siempre me porté bien, al menos eso creo; nunca tuve problemas serios a no ser en enero del 81 y por razones obvias el cuartel sólo de lejos. No lo busqué. Ahora qué alegría me da ver aunque pocas veces, pero ver, a los mandatarios de mi país Perú y el de mis amigos Ecuador reunidos conversando y dialogando con el fin de mejorar aún más nuestros lazos de amistad para el desarrollo común de nuestras gentes, peruanos y ecuatorianos, de mí mismo y de los míos. Ojalá que dure... y para siempre.
Perú y Ecuador, aunque de vez en cuando nos fuimos a las manos, hermanos por siempre.

EL VIEJO Y SU BURRO


                              La vaca no se acuerda de cuando era ternera

                                                      EL BURRO

       

                          Y el burro se debería acordar de cuando era pollino

                                                        LA VACA

 

En la casa vecina vivía una pareja de ancianos con su “retafila” de hijos y nietos, todos ellos mis amigos. Me invitaron para ir a su chacra un día sábado tempranito; nunca me había despertado tan contento a las cinco de la madrugada, ese día sí por ser un día especial.

No fueron todos, sólo tres de los mocosos, uno más pequeño que el otro, el abuelo don José y yo, otro mocoso; cada uno montando su burro con destino a Sol Sol, no recuerdo a cuánto de camino de Chulucanas. En la chacra el abuelo tenía que cumplir con sus faenas y traer las provisiones, nosotros de ayuda y más que todo de paseo.

El abuelo montaba el burro con montura, era suyo y no lo montaba nadie más. La forma del espinazo de la acémila y su silla de madera se amoldaban perfectamente, tantos años ya, con las “sentaderas” y piernas chuecas del viejo como si fueran uno solo. Nosotros a pelo; yo con bastante dificultad porque no estaba muy acostumbrado, en cambio los otros montaban y desmontaban fácilmente.

Ya clareando el día llegamos a la chacra. De inicio jugábamos en medio de los yucales todo juego que en casa no nos era permitido. “Peñíscale el rabo” decían, con uno montado encima del burro y, en vez de pellizcar, le jalaban los pelos del anca que el animal corría hecho un torpedo. Como era sin soga no me pude asegurar, el burro me tumbó y caí de barriga al suelo, caidaza que no dolió; no me explico por qué, pero no dolió. El viejo lo permitía creo que a propósito para aflojar las yucas que luego él las desarraigaba, cortaba y volvía a sembrar. Nosotros las juntábamos y competíamos por ensacar y amarrar.

Así pasaban las horas. Nosotros jugando y el viejo trabajando mientras tarareaba melancólico, pero contradictoriamente alegre:

 

…asómate a la ventana

para que mi alma no venga,

asómate a la ventana

para que mi alma no venga;

 

asómate que ya viene

la luz de fresca mañana,

asómate que ya viene

la luz de fresca mañana;

 

las aves están dormidas

las nubes vagan perdidas,

las aves están dormidas

las nubes vagan perdidas;

 

y tus ventanas abiertas,

y tus ventanas abiertas,

y tus ventanas abiertas...  (*Nota: Canción muy antigua desde 1920 o antes)

 

El viejo no se cansaba de cantar y repetir “Mnchachos, falta poco, de aquí nos vamos. No muy tarde paquel tiempo nosalcance”. Hasta que de tarde, no muy tarde “paquel tiempo nosalcance”, iniciamos el retorno a Chulucanas con todos los burros cargados.

          ... ¡Qué tal solazo! Sol Sol bien merece su nombre y por duplicado. Allí el Sol sí quema, y el doble, sobre todo de tarde y en el camino que no hay sombra. Pero no se siente, no me explico por qué, pero no se siente.

Chulucanas era un pueblo grande, había crecido, era ciudad. Sus calles empolvadas las recuerdo marrones, todo marrón; hasta el aire, las casas con sus paredes de quincha, el barro, los adobes, las varas, las horquetas de algarrobos, los petates, las arañas con sus telas, todo era marrón claro y marrón oscuro en sus más de cien tonos diferentes. Las sogas y los burros amarrados en las puertas, las puertas y otros burros que andaban sueltos eran marrones, igual que las algarrobas y las pepas secas de mango que comían y los perros que los ladraban. Algunas banderas blancas colgadas de mástiles también marrones anunciaban la venta de comida, fiesta y chicha cremosita, medio blanca marroncita. Todo bajo un sol que no dejaba de brillar con fuerza en medio de un infinito celeste enemistado hacía tiempo con las nubes; y más brillantes aún que el Sol eran los ojos de “choloque” de un “quinchonal” de "churritos" moñones de panzas marrones que jugaban calatos en las calles.

Éramos un tropel de a cinco con el viejo adelante que viró por otra calle. En realidad quien viró fue el burro porque el viejo iba durmiendo muy cansado, soleado y deshidratado a pesar que su sombrero le hacía una sombra más ancha que sus hombros; además era la hora de su siesta que, cómo buen tallán, no perdonaba por nada en el mundo. Y nosotros les seguíamos.

Buena la hizo el burro que nos llevó hasta la puerta de un “piqueo” donde nos recibieron  como a reyes. Me puse muy contento porque el “chicherío” era el de la Ricardina, una señora muy amiga en la familia, hermana pienso yo, y su chicha y su comida siempre fueron las mejores. Nunca supe por qué le decían “La Siete Argollas”; ella lo aceptaba con cariño, “me gusta con tal que me gaste” me decía cuando yo le preguntaba, muchas veces le gasté, pero nunca me cobró. A mí mucho me quería, como a hijo; yo también, como a madre. Cuando era su día la gente no cabía y se peleaban por entrar; no sería por sus hijas que eran varias, muy alegres y bonitas todas ellas.

El viejo y su burro eran más conocidos que caballa seca con cebolla y zarandajas; los estaban esperando y al verlos “Don Pepito yallegao” gritaron todos adentro armándose la jarana, ¡y qué jarana!

 

Otra vez el burro por cuenta propia metió su cabeza en la entrada por el umbral de la puerta hasta donde las alforjas le permitieron arrimando de la banca a "Don Come y Duerme" un hombre viejo, gordo y cansado que dormía todo el día en otro mundo esperando sentado su próxima comida. El burro sabía que la “Quirina”, así le decía yo, les serviría un poto de chicha más grande que “bacenica”, llenitos que desbordaban, uno a él y otro al viejo.

 

“Pónles anisao comadre que así sola no nos gusta”

dijo el viejo apeándose, todo pretencioso; babeando igual que el burro.

 

Les pusieron anisado, y el burro se la tomó todita igual que el viejo.

 

“¡Daleotro!”

 

“deéjalo, probeciito, ques bien cabezepoollo”; dijo Ricardina

 

“¡Daleoootro comaaadre!”, refunfuñó el viejo, “si tú bien que lo conoces”

 

Y la Quirina le puso más.

 

La gente miraba al burro y gritaba:

 

“Sácalel veneno, Siete Argollas”

 

 Todo el mundo se reía, carcajada general, no dejaban escuchar. Sólo eso ya era fiesta.

 Más adentro el viejo bailaba marineras y tonderos, y dijo cuando el nieto más grande lo quiso jalar “yo me quedo, hijito no me jodas, yo me quedo y no me voy"

-"Pa', lagüela tevamatar, tra'güelta tevamatar"

- ¡Qué “mimporta” que la vieja "tragüelta" me mate! ¡Me quedo, yo no voy!

 

Afuera el burro y su chicha y la gente festejando.

Al final, no se cuántos potos de chicha el burro se tomó.

 

Luego de llenar la barriga ya no de “chililiques” y papayas  como en la chacra sino de comida y en la mano un pedazo de carne seca asada continuamos para casa. El viejo se quedó y quien comandaba la tropa era el burro solo que al caminar se balanceaba tanto por el peso de las yucas, papayas, camotes, mangos y limones que cargaba y por la chicha que había tomado. El resto lo seguíamos en fila india rasgando y masticando la cecina con calma “paque dure”, consumiéndola de a poquitos y saciarme por un rato para luego querer más; todos en silencio a veces roto por alguna risa aguda cuando se lanzaba cualquier cosa en la cabeza del que estaba descuidado o por un profundo rebuzno de un burro antojado.

El burro del viejo conocía de memoria el camino de regreso entre las calles, nadie le guiaba, era él quien nos guiaba a pesar de estar borracho, porque borracho estaba. Un poto de chicha mezclada con anisado te tumba (eso ya de grande “mian contao”) y, si tomó de tres a cuatro de los grandes, el burro estaba más borracho que el hipo.

Ventarrones por aquí, polvaredas, remolinos por allá; perros por aquí, carros, camiones por allá. Plaza de Armas, Hotel Americano, un poquito más allá, al frente, llegamos.

El burro del viejo entró primero, nosotros atrás embalados queriendo empuñarle que nos había ganado. Ya dentro lo agarramos, lo descargamos y con sus últimos pasos lo acomodamos parado completamente inmóvil debajo de un tamarindo en medio del corral. Las cuatro piernas abiertas para no caer, su cabeza tratando de rellenar con el pensamiento todos los huecos y baches del camino recorrido, su hocico casi tocando el suelo y, burro piurano, "chulucaneño" todavía, en menos del minuto, durmiendo.

La abuela con un palo de leña en su mano al vernos preguntó:

“¿Ónstel borracho?”

“Yentró primeriiíto, en el tamariíndo”; respondí.

“Ese no”; dijo

“El viejo, mi viejo.

- ¡Nostá!

 

¿nonstáa?

 

- ¡Siaquedao!

 

¿siaquedáuu?

¿mi viejo siaquedáuu?

¿tragüélta?

¿tragüélta siaquedáu?”

 

- “Sigüelita, siaquedáo, tragüelta, tragüelta siaquedáo”; dijo el más pequeño.

 

"¡TÚNOTEMETASCHURRITOEÑERDACARAJOMNCHACHOMITICHIMALEDUCAOQUIATÚNAIDESTIAPREGUNTAO...!"

 

y...

¡Del corral nació una diosa,

con sus brazos levantados,

en medio de un remolino

de patos y gallinas

que vuelan espantados!

 

¡yo la vi!

 

El “tschié, gua, güelita nuechonaaada…” quedó atrás; “¡patitas paqué te quiero!”, ya el “churritoeñerdacarajo” había salido corriendo espantado atravesando el portón como si fuese un fantasma y el palo de leña en el aire buscando su cabeza para caer no sé por dónde. De espantos también el burro, ¡y qué espanto! abrió un sólo ojo, dio un par de eructos, movió las orejas y continuó durmiendo. Un perro cojo debajo de un perol medio inclinado no sé qué hizo, también voló. Ni un nieto quedó, solamente yo y la vieja.

“Pobre don José; levácaer…”; susurré ¡y la abuela me escuchó! Fue allí que sentí el ardor, eran las brasas de sus ojos quemando dentro de los míos que en vano intentaban esconderse haciendo piruetas detrás de mi cerebro; me quedé partido en dos, marrón pálido y petrificado igual al cerro Ñañañique detrás de la calle, que no mueve un pelo ni cuando truena.

La señora color de fuego brillando roja, sin apartar sus ojos de los míos, al “raato” me sonrió, sin duda me perdonó; pude respirar.

Su voz como que plañía:

 

“Viejo borracho,

nla casa niabla

que parece cojú.

 

¡Vasa veresgraciao!

 

¡Pior quel viejo ñel burro,

que borracho regresa;

pero regresa!

 

¡Jalá fueran la misma laya, sgraciao!

 

De segurostá bailando,

¡con la calzón con güecostá bailando!

¡Pareso llevólpañuelo!

 

¡Jijuneta sgraciao!

¡Agora vasaver!

¡Mias pagarás!

 

¡Va yover!

¡Juro que vayover!

¡Por mi taita que agora yueve!

 

Al fondo el Sol levantaba sus ojos estirando sus cejas para arriba sobre la línea del horizonte queriendo ver todavía sus últimos rayos de luz naranja en el firmamento hasta que, sin más poder, se rindió a la noche; yo también.

 

Y al otro día temprano,

de mi casa yo aguaitando,

la leña ardía prendida,

la abuelita cocinando,

y el viejito cerca de ella,

bien sentado y esperando.

 

¡Parecía “cojú”!

 

Y el burro medio dormido,

primerito que comía,

debajo del tamarindo,

segurito se reía,

llenándose de algarrobas,

que bien se las merecía.

 

¡Otro que parecía “cojú”!

 

¿Si le llovió al viejo esa noche?, claro que le llovió, la abuela lo había jurado, ¡y por su “taita”, que es sagrado! Aunque, por lo visto, ya estaban reconciliados o en proceso todavía.

La viejita lo miraba de reojo por un poco de atención, el viejo ni se importaba, veleto, perdido en sus pensamientos esperaba su café bien cargado y bien caliente como a él le gustaba y sin dejar de tararear, ahora bajito, la cantaleta ¡…y tus ventanas abiertas, y tus ventanas abiertas…!

En su rostro dibujaba una sonrisa que parecía “cojú”, igual que la de su burro. Pero no lo era; igual que la de su burro, sólo parecía.

Se querían, los dos viejos se querían; digo yo. ¿Qué más muestra de amor que la “retafila” de hijos y nietos que tenían?, todos ellos mis amigos, ¡¡mis grandes amigos!!

 

¡¡Gooooooordooo, sala jugaaaaaaar…!!

 

Del corral lleno de nietos me llamaban, “yelSolyastabajuera tragüeltalumbrando y quemando, los "churres" jugando y peleando, los patos, las “gaínas”, el perro durmiendo y…perdón…la nostalgia me mata…no puedo continuar…, estoy llorando...


......................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................... Este último agosto estuve en Chulucanas y di una vuelta por allí.  La casa no la ubiqué. Ha cambiado toda esa cuadra, ha cambiado bastante, no habían "churres", ni corralones; peor burros. ¿Amigos? ¡Nadie, carajo, nadie! Don Pepito y su mujer, seguro al fondo en la Junín. ¿Dónde estarán? ¡Ni cómo coronarlos!

Caminé por la Cuzco hasta casi llegar al cerro, me pareció cerca, antes eran para mí distancias interminables, será que tenía las piernas un poco más cortas, ¡¡¡también, si ahora la calle tiene asfalto y no hay piedras, más fácil de caminar!!! lo que me asustó porque "redepente" por un momento pensé que habían asfaltado al Ñañañique. ¡¡¡Y hay nubes!!! ¿Nubes?... ¡¡¡Viejo amigo!!!... ¿Viejo amigo..., al fin uno, no te has ido, te me escondes? ¡¡¡Amigo...!!! ¡Fiel amigo...! ¿Te me escondes tras las nubes, tras el cerro, viejo amigo compañero? ¿Enamorando cuando puedes tras las nubes fiel amigo, enamorando a colores con las nubes viejo amigo compañero? ¿Arrancando los colores amarillos escondidos en el suelo de este cerro, chililique, mango verde, oro cobre, Ñañañique?

Me da un tiempo, sale y mira, frente a frente las dos caras rutilantes, extasiadas, encendidas y me dice: "date prisa, tanto tiempo ya ha "pasao", se te va; la noche llega". "La noche llega", asentí. Y agarrando mis alforjas de nostalgias di la espalda, rasgando y masticándolas con calma, como a la cecina, pa' que duren, consumiéndolas de a poquitos y saciarme por un rato para luego querer más.

 

No lo pude evitar,

ya de lejos,

muy de lejos,

de reojo

lo miré;

son sus cejas estiradas para arriba las que veo

encima del horizonte,

enamorando con las nubes,

estampida de amores coloridos voluptuosos,

de esas nubes voluptuosas pespiteando con el Sol;

pespiteando con el Sol,

pespiteando con el Sol...

 

De reojo lo miré,

no lo pude evitar, 

por encima del horizonte

de reojo lo miré,

cuando sombras galopantes de la noche ya rodean

yo le dije hecho el Viejo Don Pepito Pretencioso:

 "Num burrito cabalgando,

   notro agosto volveré"

 

 

MARIO MARCELO SALDAÑA RUESTA

 

 

"NO VIAJES AL PASADO, QUE DUELE" (Pablo Picasso)